
Que la gran novela negra no viene sólo de Suecia queda más que demostrado con la lectura de La hija del enterrador, de la autora norteamericana Elizabeth Bloom. En Bloom (Massachusets, 1970) tiene Estados Unidos su propia Asa Larsson. Quien haya leído Aurora boreal (2003) de Larsson es muy probable que la recuerde al adentrarse en la novela de Bloom que ahora comento.
En ambas novelas hay una protagonista femenina, habitante de una gran urbe, que debe volver a su pequeña ciudad natal, que no visitaba hace años, ante la llamada de auxilio de una amiga. El muerto resultará un familiar muy cercano de la amiga. La protagonista pondrá en riesgo su vida para dar con el asesino. Al mismo tiempo que dejará al desnudo a una sociedad hipócrita, que intenta por todos los medios ocultar las infamias perpetradas en su seno, enfrentará su doloroso pasado hasta saldar cuentas con él.
En el caso de La hija del enterrador, el papel protagónico corresponde a Ginny Lavoie, policía en Nueva York acusada injustamente de corrupción, que no duda en viajar a la ciudad que la vio nacer para auxiliar a su amiga Sonya, cuyo hijo ha sido asesinado sin motivo aparente. En el proceso de investigación, Ginny sacará a la luz las peores taras sociales de sus habitantes, que habrían llevado a uno o varios de ellos al asesinato. Al mismo tiempo, se reencontrará con un antiguo amor cuya conclusión había quedado irresuelta.
Como buena novela negra, La hija del enterrador atrapa de inmediato al lector con un enigma cuya respuesta, imprevisible al principio, se irá develando de forma gradual, y también dirige sus dardos contra una comunidad, que podría ser cualquiera, podrida en sus cimientos, fanática y prejuiciosa, celosa a tal extremo de sus preceptos que prefiere eliminar a quienes los transgreden antes que renunciar a ellos.
Se entiende, pues, el éxito de este subgénero narrativo, que no sólo absorbe la atención de su lector y lo transporta a un mundo donde cada minúsculo dato es significativo y en el que se respira un aire de amenaza inminente, sino que lo adentra también en los sitios oscuros que como individuos y como sociedad incubamos y que en algún momento explotan como una granada, dejando un reguero de sangre. El lodo del corazón humano, al desnudo. ¿Qué le falta a la novela negra para ser considerada un subgénero tan válido como cualquier otro?
* La hija del enterrador, Elizabeth Bloom, traducción de Marta Torent López de Lamadrid, Barcelona, Umbriel, 2008, 348 páginas.












